El viaje de Chiquito

Y ahí estaba ella, Amarna Miller, la superestrella española del porno. No daba crédito. ¡¡¡AMARNA MILLER!!! Madre de Dios. Alojada en nuestra residencia de Kioto. Me muero. “Soy fan tuyo, y mis amigos también, aunque aún no lo sepan”, le acerté a decir. Si el viaje ya estaba siendo maravilloso de por sí, encontrarnos con ella en Japón fue el cénit.

El ‘shock’ fue importante. No voy a entrar en más detalles. Simplemente, estuvimos brevemente charlando con ella y Álex, su compañero, en la puerta. Nos contaron que estaban de viaje durante más de dos semanas y que habían visitado varias ciudades. Nos despedimos y no me atreví a pedirles una foto. Mis compis tampoco, cuando se la encontraron los días siguientes. Sea como fuere, durante tres noches, dormimos a escasos metros de Amarna Miller, la superestrella española del porno. Ella en la habitación de arriba, en el tercer piso, y nosotros en el segundo.

Antes de llegar a Kioto, cerramos brillantemente el capítulo de Osaka. Lo pasamos genial en el Namba Mele. Compartimos cartel con bandas locales como Atomic Stooges o Hotspring. Conocimos a Dee Dee, admirador de los Ramones, a quien Tito introdujo en el juego de los guantazos. Lo disfrutamos mucho y hay vídeos que lo demuestran. Aquí una foto de Dee Dee esperando su ración:

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Al día siguiente, cogimos el tren para Kioto. Yendo al vagón de fumadores, Tito se encontró a un colega que habíamos hecho en el metro minutos antes. El hombre le invitó a una cerveza y compartieron cigarro. Viajaba con sus seis hijos. Jesús Andrés le vino a decir con gestos que era un semental y él asintió. Estaba tan entretenido que casi se le pasa la parada. Esta es la imagen que demuestra el encuentro:

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Cuando llegamos a nuestro alojamiento de Kioto, sucedió lo de Amarna. Después, salimos a pasear por la zona del canal y a tomar algo en dos bares que nos habían recomendado. El primero, El Pervertido, era un lugar encantador y decrépito. Minúsculo, como es habitual, y con una parroquiana ebria en la barra que intentaba ligar con el camarero. Le preguntamos al hombre qué estaba sonando. Nos contestó que Maki Asakawa, una cantante japonesa de los 70 que no conocíamos. Bueno, eso lo supimos después de buscar en Google.

Y llegó el momento del segundo bar. La hora de una de las mayores barbaridades del viaje: conocer a Hashime y su antro, el Galaxie 500. Aquello fue el Big Bang, la hecatombe. Una explosión de sentimientos y emociones difíciles de explicar.

Hashime es un loco de la música que rondará los 50 -aunque como la mayoría de japoneses, no lo parezca-. En los 80, tocó en varios grupos y conserva en el bar VHS de sus actuaciones en directo que lo demuestran. Una de sus compañeras de banda fue Yoshimi, la mujer por la que los Flaming Lips titularon su disco ‘Yoshimi Battles the Pink Robots’. Ampliaré detalles más abajo (con un glosario de ideas), pero por resumir, aquella noche sonaron muchos de nuestros grupos favoritos: Pavement, Mercury Rev, Flaming Lips… Que gritamos y coreamos como nunca. Nos volvimos locos. Fue monumental. Quizás suene exagerado, pero es como lo vivimos. Fue sentir que en la otra punta del mundo uno tiene un lugar que bien podría ser suyo. “Best bar in milky way”, balbuceábamos.

Volvimos a la residencia a cuatro patas, en deuda eterna con Hashime por habernos hecho vivir una de las mejores noches de nuestra vida.

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Por la mañana -en concreto, la mañana del jueves 11 de septiembre-, visitamos el Castillo Nijō, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1994. Muy bonito. Por la tarde, vimos más templos, recuperamos el karma y la tranquilidad. Pasamos por el Galaxie 500 para regalar un par de discos a Hashime. Nos lo encontramos de camino y nos dijo que no abría hasta las 8. No sé si nos entendió, pero solo queríamos darle los discos. Nos comentó que se pasaría por la prueba de sonido -tocábamos al día siguiente- del Sócrates, que era amigo del dueño. No lo hizo, pero no importa, le queremos igual.

El viernes, paseamos por los jardines del Palacio Imperial. Precioso. Y después, directos al Sócrates. El concierto no fue mal. Vinieron a vernos Edu y Laura, unos colegas de Zaragoza que coindicían esos días por allí. Los grupos eran los más rarunos con los que hemos compartido escenario. Dos de ellos eran noruegos. Otros, formaban una especie de comuna mística japonesa (tres hombres y tres mujeres). Ataviados con trajes tradicionales, guitarras eléctricas y bongos, los hombres tocaban y las mujeres hacían cosas como atar las extremidades de Tito con una cuerda blanca y someterle con un látigo. Psicodelia oscura-experimental-performance mediante. También tocó Chimo Blanco (lo bautizamos así), un macarra electrónico con la cara pintada que nos flipó:

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El sábado, decidimos que nos íbamos a quedar en la ciudad más días porque había mucho que ver. Pero donde estábamos no había sitio para más tiempo, así que Daisuke, el encargado de la residencia, nos llevó al hostal de unos amigos suyos que estaba en la calle de al lado. Más cómodo, imposible. Nos salvó la vida. Alquilamos unas bicis y echamos las horas por ahí. Vimos el Pabellón Dorado y llegamos hasta el parque de los monos, que queríamos visitar. Pero por la tarde estaba cerrado.

La idea era rodar con ellos el videoclip de una canción, así que volvimos el día siguiente. Jugamos con los monos, les dimos de comer cacahuetes, plátanos y Eloy grabó lo que pudo. Por la noche, regresamos al Galaxie 500 para despedirnos de Hashime porque al día siguiente viajábamos a Kobe. Lo pasamos genial de nuevo y todos nos emocionamos cuando hubo que decir adiós. Hasta siempre, amigo.

Ya en Kobe, empezaron a suceder cosas maravillosas. Juan se dejó la mochila en el tren. Ni qué decir tiene que ahí llevaba el pasaporte, el pase de tren, el dinero y las tarjetas de crédito. Como no puede ser de otra manera, los operarios la guardaron y la fuimos a buscar a la última parada. Gracias, Japón. A la salida del Lawson (un supermercado típico), un tío le regaló a Juan una cerveza y un rotulador. ¿Pero qué pasa aquí?

Después, Tito y Juan conocieron en una taberna a dos hombres, padre e hijo. Se cayeron bien y les invitaron a sake y a una ración de pulpo. Trajeron al hijo hasta donde el resto de nosotros, que estábamos cenando en otro lugar. El chaval iba muy borracho, es cierto. Contaba que era representante farmacéutico. De repente, dijo que se iba y nos dio 10.000 yenes (unos 70 euros). Le dijimos que no, que no. Insistimos en que no, que no. Pero no sirvió de nada. Pues nada, mil gracias, y pagamos con eso la cena.

El martes sería el último concierto en Japón. Sentíamos el final cerca pero las vibraciones con la ciudad eran muy buenas. Eloy insistía mucho en que le recordaba a Barcelona: por la montaña, los edificios y el mar al fondo. Por la mañana, cogimos un teleférico para ver Kobe desde lo alto. Después, comimos algo y fuimos para la sala.

Flipamos con el Varit, era enorme y con un equipazo. Como siempre, probamos en medio minuto y ya sonaba perfecto. The Audios presentaban disco esa noche, y convocaron antes a todos los grupos para un brindis. Estuvo muy guay.

Dimos nuestro mejor concierto y lo tenemos en DVD. Vendimos las guitarras. Conocimos al Nele de Japón, que ese día cumplía 24 años. Tocaba en uno de los grupos de la noche y lo celebró descorchando botellas de Dom Pérignon cortesía de la sala. El tío nos comentó después que el dueño era de la mafia. No sé. En la imagen, Nele es el que coge Tito por el cuello:

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Fuimos todos los grupos a cenar a un restaurante cercano. Nuestros compis de mesa nos preguntaron si los católicos comíamos pollo y se sorprendieron cuando les contamos que fuera de Japón el porno no tenía píxels. Tampoco sabían que en nuestras casas no comíamos con palillos, sino con cuchillo y tenedor. Y más cosas, pero si ya esta entrada es lo bastante larga, acabáramos. Estuvo muy, muy bien. Una gran despedida.

De vuelta a Tokio, sentíamos que ya solo quedaba volver. Ese fue el final del viaje.

Pero qué bien continuó cuando llegamos a Barcelona. Tocar nada más bajar del avión en las fiestas de Poblenou fue la guinda. Y por primera vez nos disfrazamos. Con unos kimonos que cogió Tito del hotel cápsula en el que se alojó la última noche de Japón. El colofón perfecto.

Ya volveremos. Pronto.

A continuación, el glosario de términos, seguido de fotos y vídeos de algunas canciones que nos grabaron durante la gira. Y para cerrar, la entrevista que Jesús Quintero hizo a Chiquito de la Calzada sobre sus años en Japón cuando era cantaor de flamenco.

EL FRANQUICIADO

Dícese del restaurante que ofrece un menú de calidad media a precio popular. El menú suele consistir en un plato principal (arroz con carne o pescado, fideos con carne o pescado, pollo rebozado), sopa de miso y puede que algo más. La cantidad es más que aceptable. También suelen ofrecer platos sueltos. El precio del menú puede ir desde tres euros el estándar, a más si uno se pone sibarita o se quiere dar un homenaje. Muchas veces, el grupo se dividía entre los ricos y los pobres. Los primeros, optaban por un restaurante de más caché. Los otros (que solíamos ser Pedro y yo), nos decantábamos por el franquiciado. Calidad media a precios imbatibles.

LOS JUBILADOS

Los jubilados, hombres y mujeres que rondan los 80 años (o más), son el motor económico de Japón. Es habitual encontrarlos trabajando como taxistas, dependientes de comercios, vigilantes (de obra, de aparcamientos, de lo que sea), controlando el tráfico, etcétera. Si pueden respirar, pueden trabajar. Esa es la idea.

LA SERRERÍA

El Serrería Sound vivió sus momentos de mayor intensidad durante los primeros días de Kioto, cuando nos tocó dormir a los seis en la misma habitación. La Serrería también suele ser más viva después de la borrachera. Eloy y Elena estuvieron bastante puteados por ello. Sus quejas y lamentos se escucharon en bucle durante esos días por no haber podido dormir. Estaban de muy mala hostia y nadie les culpa por ello. Los cabezas de cartel del Serrería Sound fuimos Pedro, Tito y yo. Según las grabaciones que nos hicieron llegar, dimos muy buenos conciertos.

EL INGLÉS

Muchos de los japoneses que nos encontramos apenas hablaban inglés. Y otros, lo hacían de una manera muy particular, por lo que las conversaciones eran la mar de graciosas. Varios de los que conocimos (Hashime, por ejemplo), añaden una “o” al final de la palabra que acaba en consonante. Es decir, que si uno se quiere hacer entender y que le indiquen dónde está el “market”, mejor que no lo diga tal cual y proncuncie “marketo”. Esto sucede con muchas palabras y artistas: Lou Reed (pronunciado “loredo”), Stereolab (“Stereolabo”), “Pavemento”, shot (chupito, pronunciado “shoto”), etcétera.

LOS REBOZADOS Y SNACKS

Los rebozados son un arte en Japón y la comida basura por excelencia. Todos los supermercados de ciudad (7Eleven, Lawson, Family Mart…) tienen rebozados calientes preparados para engullir. Realmente es un paraíso en este sentido. La estrella de la vitrina es el pollo. Ya le gustaría al KFC tener la receta. También venden pescado y calamar rebozados. Los snacks son otro aspecto a resaltar. El calamar y el pulpo disecados versión snack arrasan en los comercios. También los frutos secos. Especialmente reseñables son los cubiertos de wasabi. Son gloria.

LAS SALAS DE CONCIERTO

Las salas de concierto que hemos conocido son la comodidad para el músico. Todas tienen el mismo backline de amplis de guitarra: Roland JC120 y Marshall JCM800. El de bajo puede cambiar, pero suele ser un Ampeg. Al no variar de equipo, los técnicos tienen pillado el rollo y las pruebas de sonido duran 5 minutos. Es habitual que una sala tenga una programación de cuatro o cinco grupos tocando por día. Hay millones de bandas en Japón. Las bandas ensayan siempre en locales por horas, que son baratos, básicamente porque no hay espacio para tener locales individuales.

HASHIME

El bar de Hashime es un refugio antiaéreo. Tiene siete butacas y un baño con un agujero en el suelo. En la barra, hay un cilindro de gel rojo que pasa de un lado a otro iluminado por una linterna. Hashime nos dijo que la hora que más gente iba era de 10 a 11. Pero en todo el tiempo que estuvimos allí no vimos que nadie nunca intentara entrar. Tiene tropecientos discos en las estanterías. Es un fan de todo y controla de todo, aunque a veces cueste adivinar sobre qué grupo habla por aquello de la pronunciación a la japonesa. El bar está petado de cosas y hay que tener cuidado de no moverse mucho para no tirarlas. Nos contó que paga unos 700 euros de alquiler. Le gusta beber y fumar. Cuando se anima, se pone a tocar la armónica o el ukelele.

EL ALCOHOL Y EL TABACO

A los japoneses que conocimos les encanta beber y fumar. Les gusta descontrolar y hacer el mandril como al resto.

EL SEXO

En Japón, el sexo se vive de una manera muy particular. La abstinencia es un fenómeno generalizado y hay muchos tabús sobre el tema. Lo mejor para ilustrarlo es este documental de TVE.

Aquí, algunas fotos más:

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Y algunos vídeos:

Jorge.

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