Osaka – Magaluf. Adiós al Karma

No he estado en Magaluf. Tampoco en Lloret de Mar. Pero como todo buen maño, he veraneado en Salou. Por eso, Osaka hace que uno sienta que ya ha visto la película: borrachos vomitando en las esquinas, prostitutas a la caza del turista, basura en las calles y violencia. Vicio, mucho vicio. Es Japón, pero no. Adiós al karma, a la tranquilidad, a la amabilidad y los parabienes.

“¡Pero qué hace ese!”. Cuatro palomos arrastran por la sobaquera a un chaval que va como una rata. Se ve que el amigo acaba de zurrar a una tía que está en el suelo llorando descalza. Hay mucha confusión. Los paseantes se paran a mirar. Se oyen sirenas. Llega una ambulancia y varios sanitarios salen de ella con una camilla y se acercan a la chica. De repente, se arma un revuelo. A dos metros, el borracho maltratador se empieza a pegar con otro. En ese momento, llegan cinco policías y los separan. Se llevan al agresor a un lado y empiezan a dialogar con él. De repente, al tío se le cruza el cable de nuevo y se encara con una chica. Le pega un empujón y la tira al suelo. La Policía parece tonta. “¡Pero troncos, esposad al borracho de una vez! Reducidle, ponedle la rodilla en el cuello y dadle de hostias que la está liando”. Los Mossos d’Esquadra tendrían mucho que enseñar aquí porque los polis, autoridad, poca. Los tíos siguen hablando con el maltratador y apuntando en una libreta lo que les cuenta. Por fin, pasados unos minutos, se lo llevan.

Ayer lunes, por la tarde, llegamos a Osaka. Esta noche tocamos en una sala que se llama Namba Mele. Después de lo que hemos vivido los últimos días, la ciudad parece una cloaca. Pero mejor no prejuzgar y vamos a intentar disfrutarla como el resto.

Voy a resumir lo ocurrido desde la última entrada. Hay mucho que contar, pero no es cuestión de dar el coñazo.

El viernes por la mañana fuimos a visitar el templo Sensoji, uno de los más visitados de Tokio. Muy bonito. Tito dio dinero para coger uno de esos papeles que te leen el futuro. Tiene muy buena suerte. Textualmente, decía: “La persona que esperas, nunca llegará. Sí tienes que emprender un viaje, no lo hagas. Si te mudas de casa, todo irá mal -o algo así, sucesivamente-“. Ja, ja, ja. Así da gusto.

Por la tarde, fuimos a Akihabara, un distrito lleno de tiendas para frikis y onanistas. Después de visitar una tienda de consoladores y muñecas de plástico de seis pisos, nos tomamos una birra en un bar de camareras vestidas de niña que te hacen dar palmas y entonar canciones ñoñas. Después, fue el momento del karaoke. Lo flipamos pero bien y cantamos como nunca.

Cogimos el metro para Shibuya. Sensiblemente borrachos, rodamos cuesta abajo por unas escaleras en lo que hemos bautizado como Shibuya Roll. Terminamos la jornada en el fotomatón. Inmersión total.

Al día siguiente, me di cuenta de que había perdido el pasaporte y el pase de tren. Fui directo al fotomatón porque sospechaba que lo había dejado allí. Y ahí estaba, en el suelo de la cabina. Nadie lo había tocado. Gracias, Japón.

Por la tarde, dimos un concierto en el Instituto Cervantes. Fue genial. Era el primer festival de música que organizaba el centro y vinieron más de 200 personas. Habían instalado una barra libre de Estrella Galicia y de combinados de Jameson con Ginger Ale. Fue cojonudo. Pedro cantó una versión que Boys Age, uno de los grupos que tocaban, hizo de ‘Viaje a los sueños polares’, de Family. Sin embargo, los japoneses la presentaron como una canción de Elefant Records, obviado a la banda, prueba de lo popular que es el sello aquí.

El domingo, tras presenciar un combate de sumo universitario, dejamos Tokio y dormimos en Fujinomiya, una ciudad en las faldas del monte sagrado. Por la mañana, alquilamos unas bicis a Chan para visitar los alrededores. Precioso. Y de ahí, a Osaka.

Por cierto, a Eloy lo hemos rebautizado. Ahora se llama Luis porque su nombre original suena como una palabra japonesa que significa pervertido. Y cada vez que decíamos su nombre la gente se descojonaba.

Lo estamos pasando genial. También os echamos de menos. Pronto más noticias. Debajo, algunas fotos.

¡Salud!

Jorge.

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