Ratas de cobre

Eran las 22.20 de ayer domingo. Estaba sudoroso, pegajoso, después de bajar las escaleras del local con todos los trastos a cuestas. Gabriel y Vencerás actuamos por la tarde-noche en Barcelona y me tocó pringar con la mandanga de devolver el equipo. La cuestión es bastante democrática en este sentido: cada vez le toca a uno, y ese era mi momento.

El camino hasta llegar ahí no había sido fácil. Cuando terminamos el show -“más emocional que técnico”, como reza la máxima-, me subí con el pipa a la furgo. Me preguntó si sabía el camino. Dije que sí. En realidad no estaba seguro del todo pero confiaba en que conforme avanzáramos el paisaje me orientara. La cagué. Me comentó: “El GPS marca por aquí”. Y yo solté: “Creo que es la siguiente”. He de reconocer que iba un poco borracho. Obviamente la pifié, con el consiguiente cabreo del amigo.

Sea como fuere, tras unas cuantas vueltas, llegamos a Bellvitge y descargamos la furgo. El pipa se despidió. Yo volvería en tren porque no quería molestarlo más después de la jugada.

Bueno, volviendo al principio, ahí estaba yo con toda la mandanga que había transportado escaleras abajo. Tras abrir la enésima cerradura (el encargado de las instalaciones, Javivi, tuvo a bien colocar tres puertas distintas y siete cerraduras para acceder) y accionar otros tantos diferenciales para iluminar el pasillo, me planté ante nuestro local. Giré la llave, abrí, encendí la luz y… !!!!JODERRRR!!!! ¡Pero si son palomas sin alas! ¡Ratas de cobre! ¡Son monedas gigantes de 5 céntimos corriendo a toda velocidad y huyendo de la luz! Buscando su escondrijo asqueroso detrás de las planchas de gomaespuma, escurriéndose entre nuestros amplis, guitarras y tambores. “Pero si son como dinosaurios”, pensé.

cucarachas

Eran enormes. Sin duda, eran cucarachas americanas, la especie invasora ganadora. Las más grandes, voraces y repugnantes que uno puede encontrar. No habían tenido que luchar demasiado para conquistar el espacio frente al resto de especies, simplemente las otras habían huído del asco y el miedo que sentían ante un bicharramen de tales proporciones.

Todo sucedió muy rápido, en apenas tres segundos. Las tías saben escabullirse cuando se hace la luz y son ágiles en las distancias cortas. Lo suyo es la oscuridad y disfrutan de los ambientes sucios: el lugar es desordenado, el suelo está pegajoso por las birras derramadas y tras el ensayo del día anterior aquello olía a humedad asquerosa, de ropa sucia mal secada. Un olor cargante que para ellas es azahar, el paraíso. Y han venido para quedarse.

De acuerdo, haced lo que queráis. Pero la próxima vez, cuando encienda la luz, esperaré unos segundos antes de entrar para que os dé tiempo a esconderos. Porque me dais miedo. Obviamente os podría machacar de un pisotón pero os tengo tanto terror que solo vislumbrar vuestra cáscara cobriza hace que me cague en los pantalones.

Tened cuidado con ellas.

¡Hasta luego!

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1 comentario en “Ratas de cobre”

  1. arrrrgh! qué ascazo! pensaba que era el único que me ponía a morir de asco! Creo que tengo el trauma con éstos bichos desde que ví creepshow de crío!! Tuvimos un local en Manuel Lasala que estaba infestado y eso que fumigábamos y las barríamos de 50 en 50…. creo que el colmo fue un día ensayando: lo que me pareció el dintel renegrío de una columna se movía en masa!!!! Puaghhhh! Mucha suerte con las periplatane americanae!!! Juanico

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